
La historia de la alimentación está estrechamente relacionada
con la evolución del hombre. Todos los seres vivos necesitan alimentarse
para vivir. Los hábitos alimentarios del ser humano han ido variando
para poder adaptarse a las adversidades que el medio presentaba. El tipo
de alimento que el hombre ha tenido que ingerir para su sustento, ha cambiado
a través de los tiempos, porque se encontró obligado a comer
aquellos que tenía más próximos y eran más
fáciles de obtener con las escasas herramientas que poseía.
La enorme capacidad de adaptación del ser humano al medio y a las
circunstancias, conlleva la aparición de diferentes modos de alimentarse
en las distintas sociedades. Por otra parte, esto hace que los hábitos
alimentarios de una población no sean estáticos sino adaptables
a las lógicas variaciones de su entorno vital.
Existen evidencias de que a los egipcios les gustaba comer, y además
que tenían temor ante una posible escasez de alimentos. Por ejemplo,
en el papiro Harris se hace mención a los alimentos casi tantas
veces como al oro, los metales preciosos o los cosméticos. Desconocemos
como producían, almacenaban y preparaban sus comidas (teniendo
en cuenta su carácter perecedero), ni las cantidades consumidas
habitualmente.
Hay muy pocas evidencias que nos ilustren sobre cuándo y cuántas
veces comían los habitantes del Nilo. Es probable que las clases
dirigentes, incluyendo el faraón, comieran dos, o quizá
tres veces al día.
Tomando como referencia el Himno Caníbal, así como los
rituales del templo, parece que los ricos tomaban una comida ligera
al amanecer, y más tarde una gran comida y cena. Las clases trabajadoras
seguramente tomaban un simple desayuno de pan con cebollas, y posteriormente
hacían una comida principal bien pasado el mediodía. Así
pues, la dieta egipcia variaba sensiblemente dependiendo de la clase
social de los individuos.
Los egipcios comían sentados, solos o en parejas ante una mesita
con todo tipo de alimentos: carne, aves, frutas y dulces. Además
de gran cantidad de pan y cerveza. Los niños se sentaban en el
suelo sobre esteras o cojines.
La familia no se reunía para desayunar. El padre comía
pan, cerveza y un trozo de carne y algún pastel en cuanto acababa
su aseo. La madre desayunaba mientras la peinaban o inmediatamente después.
Una ocasión especial eran los banquetes. Para los egipcios era
un placer reunirse para comer o cenar con un gran número de familiares
y amigos.
La carne, de uno o de otro tipo, estaba al alcance de la mayoría
de la población al menos una o dos veces por semana. Las aves
-salvajes o domésticas- y el pescado, se podían conseguir
fácilmente por medio de la caza y la pesca. Esta alimentación
se suplementaba con el consumo de verduras, principalmente legumbres
y hortalizas como fuente de proteínas, así como productos
animales como los huevos, la leche y el queso. Las verduras estarían
disponibles para todos los egipcios, siendo lo más popular entre
la población común, las cebollas, los guisos de verduras,
ensaladas y sopa de lentejas, acompañados de pan y regado con
cerveza. Tanto los ricos como los pobres consumían gran cantidad
de panes y pasteles, elaborados con harina de semillas y rellenos de
higos o dátiles
Los cereales, y más concretamente el pan y la cerveza, eran los
alimentos más demandados por los egipcios
Además de preparar sus carnes, pescados y aves para el consumo
inmediato, también conocieron diversas técnicas de conservación.
Las más comunes fueron el salado y el secado.
Los egipcios, por tanto, disfrutaban de una dieta equilibrada y variada.
El pueblo hebreo tenía una alimentación bastante monótona
y basada en los productos que les daba la tierra, sin muchos refinamientos
y curiosamente no uniforme en su desarrollo, pues dependiendo de las tribus
así era la alimentación.
La alimentación básica estaba compuesta por grano para el
pan que podía ser de trigo, avena, cebada o cualquier otro parecido,
el cual se molía a mano o en almirez; al polvo o harina se le añadía
agua, sal y casi nunca levadura y con ello hacían un pan cenceño
o ácimo. También existía un tipo de pan hecho con
grano que se soasaba o tostaba, para que no se rompiera, y que era el
utilizado en las marchas, viajes o expediciones militares.
La dieta carnívora era muy estricta. Los animales se clasificaban
en puros e impuros según signos externos. En la pesca eran animales
impuros aquellos que carecían de aletas y escamas.
Se tiene constancia que tomaban mucha leche tanto de cabra como de oveja.
Además, se ha podido evidenciar que la bebida estrella entre todas
era el vino.
La base de la alimentación de los griegos la constituían
los cereales, el trigo y la cebada esencialmente.
Las verduras escaseaban y eran relativamente caras en la ciudad, excepto
las habas y las lentejas, que se comían sobre todo en puré.
También se comía mucho ajo, así como queso y cebollas,
sobre todo en el ejército.
La carne era escasa, excepto la de cerdo, y los pobres de la ciudad
sólo la comían de vez en cuando, con ocasión de
algún sacrificio.
La mayor parte de los atenienses tenían que alimentarse más
a menudo de pescado que de carne. El pescado, junto con el pan, era
quizá el alimento esencial de la población urbana. También
les gustaban mucho los mariscos, los moluscos, la sepia y los calamares.
La comida podía terminar con un postre consistente en fruta fresca
o seca, sobre todo higos, nueces y uvas o dulces con miel.
La bebida más consumida era el agua. También se bebía
leche, sobre todo de cabra, y una especie de hidromiel, mezcla de miel
y agua. Pero la viña aportaba la bebida real, el «regalo
de Dioniso». El vino se conservaba en odres de piel de cabra o
de cerdo, mientras que el que se exportaba se introducía en grandes
tinajas de barro.
Los orígenes de la cocina latina fueron humildes y austeros.
Hasta el siglo II a.C. la cocina romana se basaba en alimentos básicos:
el pulmentum o papilla de mijo, la cebada o los guisantes, el queso
de leche de oveja, la carne de cordero hervida, la col, las habas, etc.
Las frutas también ocupaban un lugar importante: las manzanas,
los albaricoques importados de Armenia, los melones traídos de
Persia, los higos y los dátiles. Fue a principios del siglo II
a.C. cuando los romanos entraron en Asia Menor y descubrieron el refinamiento
de las cortes griegas de Oriente. A partir de este momento, la preparación
de las comidas, según Tito Livio, se hizo larga y costosa. Los
servicios de los cocineros, trabajo hasta entonces desempeñado
por esclavos, se comenzaron a cotizar al alza.
La base de la dieta de los romanos eran productos cultivados en el imperio
y territorios dominados, como los cereales, especialmente una antigua
variedad de trigo llamada escanda, con la que se fabricaba pan y otros
alimentos. También consumían legumbres, especialmente
lentejas, judías, aceitunas y uvas, que hacían fermentar
para hacer vino.
La actividad ganadera les proporcionó carne de cabra, vaca, cerdo,
leche y queso; mientras que la caza de aves y la pesca les ofrecían
otras alternativas alimenticias.
En general, los romanos se preocuparon tanto de la comida por su condición
de alimento, como del sabor y ornamentación de los platos, aderezados
con salsas y adornados con hierbas.
El vino y el pan serán los elementos fundamentales en la dieta
medieval. En aquellas zonas donde el vino no era muy empleado sería
la cerveza la bebida más consumida.
Carne, hortalizas, pescado, legumbres, verduras y frutas también
formaban parte de esta dieta dependiendo de las posibilidades económicas
del consumidor.
La carne de cerdo era la más empleada. La caza y las aves de
corral suponían un importante aporte cárnico a la dieta.
Las clases populares no consumían mucha carne, siendo su dieta
más abundante en despojos como hígados, patas, orejas,
tripas, tocino, etc. En los periodos de abstinencia, la carne era sustituida
por el pescado, tanto de mar como de agua dulce. Los huevos también
constituían una importante aportación a la dieta. Las
especias procedentes de Oriente eran muy empleadas.
Las carnes debidamente especiadas formaban parte casi íntegra
de la dieta aristocrática mientras que los monjes no consumían
carne, apostando por los vegetales. El pan sería la base alimenticia
de las clases populares, pudiendo constituir el 70% de la ración
alimentaria del día.
Al final de la Edad Media se sigue manteniendo la división geográfica
entre la cocina del norte, donde predomina el uso de la grasa animal,
y la del sur, mediterránea, que emplea el aceite de oliva. También
se puede distinguir una cocina aristocrática, en la que se produce
una mayor variedad de productos, de técnicas de preparación
y de complejidad de elaboración, con la utilización de
especias, protagonismo de asados de volatería y de guisos de
pescado, todo con adornos y aderezos de salsas y sofritos, así
como una notable intervención de la confitería.
La predilección por los sabores aportados por las especias se
presenta de manera distinta en los países de Europa. En Francia
era el jengibre la más usada, seguida de la canela, el azafrán,
la pimienta y el clavo; en Alemania, se empleaba sólo la pimienta
y el azafrán y en menor medida el jengibre; los ingleses preferían
la cubeba, el macís, la galanga y la flor de canela, mientras
los italianos fueron los primeros en utilizar la nuez moscada.
Buena parte del éxito que cosecharon las especias se debía
a sus presuntas virtudes afrodisíacas.
Frente a esta cocina muy refinada, cara y con fuertes variedades regionales,
encontramos una cocina popular, menos cambiante, más unida a
las necesidades y a la producción del entorno, con predominio
de guisados en olla, donde la carne debía cocer largo rato porque
los animales eran viejos y, por tanto, más dura, se acompañaba
de verduras y legumbres y se completaba con elevadas cantidades de pan.
El periodo comprendido desde el siglo XV hasta el principio del XIX
es el momento en el que se fijan las principales costumbres alimentarías
de la mayoría de los países europeos, costumbres que se
conocen con el nombre de cocina tradicional.
La alimentación de las clases populares era prácticamente
la misma en Castilla que en Alemania, en Inglaterra que en el Piamonte.
Y es que el 60% de la ración calórica de todos los europeos
que pertenecían a las clases bajas era la misma: el pan y las
harinas de cereal. El pan se comía acompañado, con muy
poca cantidad, de tocino, salazón, cebolla, ajo, aceite o cualquier
otro producto que le diera un complemento de sabor o que disimulara
su sequedad. El pan que consumía el pueblo era siempre de aspecto
negro o moreno, ya que para su elaboración se utilizaban otros
cereales diferentes al trigo que le daban esta coloración. Las
clases aristocráticas tomaban, a diferencia de las clases populares,
el pan blanco de trigo.
El plato por excelencia de la mayor parte de las familias europeas de
clase popular era la sopa y su acompañamiento: el cocido. Aunque
no tenemos información de todas las zonas de Europa, todas las
investigaciones apuntan a que esta comida es casi el único plato
de la alimentación diaria de las clases populares, y ello desde
la Edad Media hasta mediados del siglo XVIII.
El pueblo comía muy poca carne y, cuando lo hacía, era
generalmente en fiestas señaladas o en celebraciones familiares
o locales. La carne que más se utilizaba era la de ave de corral
o la de caza menor. Le seguía en importancia el cerdo, que era
el animal preferido por la facilidad que presentaba su conservación.
Generalmente se sacrificaba un único ejemplar al año y
su carne se salaba, se embutía o se secaba, lo que permitía
disponer de esta aportación proteínica a lo largo de varios
meses.
Los ingredientes proteicos, que completaban la dieta de las clases populares,
eran el vino, la cerveza y en algunas regiones europeas la hidromiel
y la sidra.
Los productos de huerta se consumían solamente en la estación
en que se producían y, generalmente, eran poco valorados.
A diferencia del pueblo, las clases altas basaban su alimentación
en el consumo de carnes, cocinadas de diversas formas, y en la repostería.
Durante el periodo que va desde el siglo XV hasta inicios del siglo
XIX, se produjeron importantes transformaciones en la mesa de las clases
acomodadas, algunas de estas han pervivido hasta la actualidad. Los
cambios que pueden considerarse más significativos son un refinamiento
en la preparación y presentación de los alimentos, la
aparición de la mantequilla como grasa fundamental de la cocina
en los países del centro y norte de Europa y, por último,
la progresiva desaparición de las especias, tan presentes en
la Edad Media, y su sustitución por nuevas formas de sazonar
y salsear los alimentos.
A menudo se afirma que los cambios sociales y, en particular, los experimentados
en el modo de alimentarse un país, han sido mayores en los últimos
50 años que en todos los siglos anteriores.
Por otro lado, los avances socioeconómicos y los cambios técnicos
ocurridos en todos los puntos de la cadena de producción de alimentos
(agricultura, ganadería, producción, almacenamiento, venta
... ), han difundido y puesto al alcance de cualquiera aparatos eléctricos,
productos y modos de consumo impensables hace simplemente dos décadas
(hornos microondas, alimentos precocinados, ultracongelados, comidas
realizadas en régimen de restauración colectiva, etc.).
A nivel individual, los cambios en la forma de vida se han traducido
en una disminución general en el gasto energético realizado,
sobre todo a causa de la creciente mecanización. Además,
se ha producido un descenso en los gastos de termorregulación
al difundirse los aparatos de climatización.
Las sociedades modernas se caracterizan por la posesión, en sectores
mayoritarios de la población, de más alimentos de los
que se pueden consumir, la generalización del consumo de sustancias
químicamente puras, una mayor longevidad junto con la disminución
de la mortalidad infantil, el aumento de la mecanización con
la consiguiente disminución del trabajo físico y de las
necesidades energéticas. Cabe tener en cuenta que las necesidades
en determinados nutrientes no disminuyen aunque lo hagan las necesidades
de energía; en esas condiciones, podríamos hallarnos en
situaciones de deficiencias relativas de algunas sustancias nutritivas.
A lo largo del siglo XX en la sociedad española se han ido produciendo
importantes cambios que han modificado extraordinariamente los hábitos
alimentarios de la población, repercutiendo consecuentemente
en su estado nutricional. Especialmente en los últimos 40 años,
estos cambios se relacionan con la industrialización, urbanización
y con el desarrollo tecnológico y económico que han dado
lugar a nuevas formas de producción, procesado y distribución
de alimentos.
La forma de alimentarnos en España ha variado de forma sustancial.
El hecho de disponer de una mayor oferta de alimentos, aunque mucho
más transformados y procesados, en detrimento de los productos
frescos sin elaborar, ha contribuido, sin duda, a este cambio; además
de un mayor poder adquisitivo y de las transformaciones sociales que
han sucedido. En conjunto, podemos señalar que la sociedad española
es más tributaria en este momento de las proteínas de
lo que lo era durante el siglo pasado, habiéndose producido también
una clara disminución en el consumo de hidratos de carbono y
un aumento muy importante de la ingesta de grasas.
La alimentación satisface una necesidad biológica primaria
del hombre, entendido como un ser social dotado de cultura. Ésta
influye sobre el comportamiento relacionado con el consumo de alimentos
y en última instancia sobre el estado nutricional de los individuos
que integran cada población.
La alimentación ofrece un campo de estudio de gran interés,
pues permite analizar meticulosamente las relaciones entre lo natural
y lo social, entre el cuerpo y el pensamiento. El hecho de comer está
indisolublemente ligado tanto a la naturaleza biológica de la
especie humana como a los procesos adaptativos empleados por las personas,
en función de sus particulares condiciones de existencia, que
son variables, por otra parte, a lo largo del espacio y del tiempo.
Conocer los modos de obtención, distribución de los alimentos,
quién y cómo los prepara, aporta un conocimiento extraordinario
sobre el funcionamiento de una sociedad. Asimismo, cuando descubrimos
dónde, cuándo y con quién son consumidos los alimentos,
estamos en condiciones de deducir, en buena medida, el conjunto de las
relaciones sociales que prevalecen dentro de esa sociedad. En definitiva,
las prácticas alimentarias son una parte integrada de la totalidad
cultural.
El estudio de la alimentación nos introduce en la investigación
de la cultura en su sentido más amplio. Los comportamientos socioculturales
que determinan la alimentación humana son poderosos y complejos:
las gramáticas culinarias, las categorizaciones de los diferentes
alimentos, los principios de exclusión y de asociación
entre tal y cual alimento, las prescripciones y las prohibiciones dietéticas
y/o religiosas, los ritos de la mesa y de la cocina, etc. Todo ello
estructura las comidas cotidianas. El consumo de alimentos en general,
ya sea de comida o bebida, trasciende la pura necesidad de alimentarse
en el sentido de nutrirse, pues está tan cargado de significados,
de emociones y ligado a circunstancias y acontecimientos sociales que
nada tiene que ver con la estricta necesidad de comer. En definitiva,
alimentarse es una práctica que se desarrolla más allá
de su propio fin que sustituye, resume o señala otras prácticas
sociales.
Expertos del campo de la alimentación sugieren que se hace necesario
comprender y entender las relaciones que los sujetos tienen con los
alimentos y en las que predomina una lógica propiciada por las
formas de economía, convivencia y socialización.